Pudimos ver en este pasado Rock in Rio (tanto en Madrid como en Lisboa), a una Amy Winehouse visiblemente bebida o colocada (cualquier cosa es posible dada su condición de politoxicómana). Lo gracioso del caso es que algunos medios de comunicación, sutilmente, trataron de suavizarlo. Pero su estado alterado saltaba a la vista, tanto por la irregularidad en su manera de cantar (en Lisboa, fue evidente el mal estado de su voz), como por la extraña manera de moverse y sin dejar de lado las chorradas que se permitió decir a la audiencia.

Imagino que por esto y mucho más (evidentemente!), fuentes cercanas a la cantante han anunciado su supuesto arresto domiciliario (por orden de la discográfica), acompañado por una ”de momento” permanente monitorización de su vida y actividades (para la corrección de su mala conducta y excesos), 24 horas al día, los 7 días de la semana. Ya era hora, después de varios intentos fallidos de desintoxicación. Y es que esta chica está o “estaba” fuera de control. Durante estos últimos dos años ha ido de escándalo en escándalo, de polémica en polémica, y en dirección ascendente, que es lo peor. Todos recordamos la reciente paliza que propinó a un fan durante una actuación en Glastonbury; su “esnifada” en pleno directo, grabada por un asistente y difundida por Internet; también sabemos de su última hospitalización y principio de enfisema pulmonar (que puede hacer peligrar seriamente la integridad de sus cuerdas vocales). Por todo ello, no era de extrañar que su aparición en Rock in Rio estuviera rodeada de un morbo e incertidumbre absolutos, teniendo en cuenta su delicado estado físico y mental.

A más de una persona, le viene a la cabeza el nombre de Janis Joplin al ver un talento como el de esta británica ganadora de cinco premios Grammy. Pero la gente, las relaciona en base a su lado más oscuro. Nadie quiere que esta chica acabe como en su día acabó la tejana. Esperemos que esta nueva mesura ayude a encauzar de nuevo su vida.